En su primera aportación para Vortice Online, Lynnie Feliciano comparte con nosotros los candentes detalles de su “love affair” con LOST.
La relación amorosa más larga que ha tenido para mucha gente ha terminado. Muchos se lamentan por la pérdida, pero se sienten satisfechos con su final agridulce. Otros arremeten contra los dioses televisivos con la boca llena de improperios y decepción.
En mi caso, la serie LOST fue un tormentoso “love affair” con un compañero de trabajo. Un amante que llegó a mi vida sin apenas darme cuenta y con el que nunca supe dónde estaba parada.
Me acerqué a este fenómeno televisivo mientras hacía la maestría en guión. Yo era de esas personas que no veía televisión. Mi falta de disciplina y mi indisposición a atarme a la rutina de sentarme al televisor cada semana, me impedía establecer un relación a largo plazo. Tengo terror al compromiso.
Mis compañeros guionistas planificaban reuniones en dónde veían y discutían la serie de televisión LOST. Reuniones a las que yo no estaba invitada. “Es que tu no sigues la serie“, se excusaban, “pero si te puedes poner al día en una semana puedes venir a la próxima reunión“. Me supo a reto.
Como mi espíritu de la contradicción es más fuerte que yo, me dispuse a meterme al cuerpo 3 años y medio de mitología isleña. Como si la de la pequeña colonia en donde existo no fuese suficiente. Sabía que no me podía quedar sin ver un solo episodio porque, con lo obsesivos que son mis chicos, me iban a poner a prueba en materias de LOST y, si fallaba, no dudarían de echarme a patadas de su ritual televisivo semanal.
De esta manera me rendí ante los encantos de LOST y, luego de una semana intensa de poco sueño, me convertí en una chilla lostiana. No había estado allí desde el inicio. No establecí un compromiso de verle semanalmente. Ni siquiera le amaba tan intensamente como sus fans. Pero a decir verdad me parecía interesante. Me cautivó por su audacia, su valentía y su irreverencia ante los patrones establecidos de cómo se debe hacer televisión en “prime time”. LOST se había convertido en el Macho Alfa de las series televisivas, y a esos macharranes, cínicos e intelectualoides no me puedo resistir. “I was in lust, but not in love.”
Como cualquier amante de turno, continué mi aventura por la isla, esperanzada pero sin expectativas. A medida que esta serie hurgaba en mi intelecto e iba mostrándome un montón de maravillosas posibilidades del guión televisivo, comencé a envolverme y sentimientos afloraron. Entonces comencé a preocuparme, pues ya no había marcha atrás. Me estaba acostumbrando a ser la otra en la vida de Lost. Estaba invirtiendo emocionalmente. “Me jodí” dije para mis adentros. Infatuación es la palabr. Era pasional, era obsesiva, pero todavía no llegaba a alcanzar ese estado sublime que sólo se puede alcanzar con el verdadero amor.
Mi amado amante empezó a alardear de lo que podía hacer.
“Ten cuidado”, le advertí. “Mira que lo estás enredando todo demasiado. Debes ser cauteloso al tomar decisiones respecto a lo que pasa en la isla”, le dije.
LOST, sin mirar atrás, siguió con su plan establecido.
“Que una cosa es la historia que estás contando y otra es cómo la estás contando. Una vez estableces cómo la vas contar, debes ser fiel a eso. No puedes romper tus propias reglas“, argumenté.
“Vas a confundir a la audiencia. No vas a poder contestarlo todo. Estás siendo pretencioso”, insistí.
Pero yo sólo era su amante. Él me respondió que yo no podía entenderle, pues desconocía sus raíces en la ciencia ficción. Me tragué mis palabras. Tenía razón, no podía. Aunque estaba hechizada por sus encantos, no podía decir que realmente le conocía. LOST y yo tuvimos nuestra primera pelea. La más ruidosa, la más acalorada, la más dolorosa.
Cuando las cosas se salieron de su control, decidió mover la isla. Desaparecerla. Envió a uno de sus secuaces a las profundidades de un infierno polar para literalmente halar una palanca que hacía que la isla desapareciera, se moviera de lugar, volara o lo que sea.
“¡Traición!” grité indignada.
Le acusé de tramposo, de no saber lo que hacía.
“Te lo advertí, que no ibas a poder resolverlo todo. ¿Cómo es posible que un ser tan evolucionado decida recurrir a un DEUS EX MACHINA para resolver el caos que había creado su propia ambición? Eres un patán, un puerco, un canalla“, despotriqué.
Después de esto, ninguno de los dos volvió a ser el mismo. No podía verle con los mismos ojos y decidí retirarme.
Nuestra relación había sido tan intensa y atropellada que, en mi intento por distanciarme, me había vuelto estrictamente profesional, casi clínica. Me había olvidado del corazón de la serie, de ése que había cautivado a espectadores desde sus comienzos. A mi me movía la lujuria, el deseo de nuevas experiencias, la sed de una televisión más excitante, más retante.
Poco tiempo después me encontré con un amigo quien me contó su historia de amor con el que alguna vez fue mi amante. Me dijo que se nos iba, que aquel programa que tantos habían amado abandonaría este plano. Me explicó que, a pesar de sus defectos, había sido un combatiente digno e innovador en medio de la mediocridad que reina en el audiovisual popular y que merecía ser despedido con honores. Entonces me di cuenta de su importancia en mi vida. LOST le abrió la puerta a distintas propuestas, a nuevas historias, a una estética mas ingeniosa dentro del ámbito televisivo. Mi corto romance me había regalado una noción nueva de hacer televisión y la posibilidad de nuevas series de las que a lo mejor algún día pueda llegar a enamorarme.
Nuestro amante se fue sin contestar preguntas, conservando la irreverencia, la astucia y la audacia que algún día me cautivó. No esperaba más. Si no tienes expectativas, no te puedes decepcionar. Así, desde lejos observé cómo una de las relaciones más tormentosas de mi vida se fue de la mano con su verdadero amor a vivir eternamente en el cielo multicultural de los finales de la televisión comercial. Estoy muy feliz por él.
Unos le lloran, otros le odian, algunos obstinados siguen esperando respuestas que nunca llegarán. A mí me regaló interesantísimos momentos de tertulia, nuevas herramientas para hacer mejor lo que hago, y un grupo de encantadores frenéticos del audiovisual y la cultura popular que, con cada día que pasa, siento que puedo llamar amigos.

¡Gracias LOST!












